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per Víctor Alexandre   
diumenge, 28 setembre 2008
Juan José IbarretxeNo sé si el lehendakari Juan José Ibarretxe es consciente de la fatiga que puede generar en el pueblo vasco la estrategia que está siguiendo con el anuncio del referéndum, un referéndum que en realidad no lo es y que, además, no se va a celebrar. Y no lo digo porqué esté en desacuerdo –al contrario, me parece bien a pesar de su excesiva timidez–, sino porqué lo veo carente de la audacia necesaria que un gesto afirmativo como éste requiere. Está bien que el lehendakari suba uno a uno los escalones fijados por la legalidad española, aunque sólo sea para poner en evidencia el escandaloso déficit democrático de sus estructuras, pero no se entiende que cuando está a punto de llegar arriba dé media vuelta y baje precipitadamente.

La decisión de celebrar una consulta para saber cómo quiere articularse políticamente el pueblo vasco –sólo una parte de ese pueblo, desgraciadamente– es interesante con el fin de dejar en fuera de juego al nacionalismo español que con tanta vehemencia encarnan el Partido Popular y el Partido Socialista de Euskadi, pero toda la fuerza de esa consulta se evapora si no hay voluntad de llevarla a cabo. El aviso de que viene el lobo sólo funciona cuando hay lobo. Y José Luis Rodríguez Zapatero sabe que no lo hay. Zapatero sabe que Ibarretxe es un político extraordinariamente disciplinado con la legalidad vigente, por injusta que sea, y no le teme porqué es previsible; y todo aquél que es previsible es débil.

Es cierto que España, siempre tan preocupada por impedir la internacionalización de sus conflictos coloniales, se siente incomoda ante la posibilidad de verse en el banco de los acusados del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, pero esta medida, que es larga y pesada, tardará años en dar algún resultado y no debería ser la única baza de Ibarretxe. Recordemos, por ejemplo, que la sentencia con que Estrasburgo condenó a España por negarse a investigar las torturas inflingidas a quince independentistas catalanes detenidos en el año 1992, en el marco de la llamada operación Garzón, no llegó hasta el 2004. ¡Doce años después! Y lo mismo sucederá, probablemente, con la denuncia actual de Martxelo Otamendi por las torturas que sufrió en el año 2003. La trampa legal, huelga decirlo, no es que la maquinaria judicial sea lenta, que lo es de solemnidad, sino que no permite pasar a instancias europeas sin haber cumplimentado antes las del Estado denunciado. Y ese Estado, como es lógico, ya se preocupa de retardar el proceso interponiendo recursos y agotando todos los plazos. Cosa que significa que el plan B de Ibarretxe –porque no tenía ningún otro plan, ¿verdad?– no dará algún fruto hasta el año 2020. Es decir, cuando él tendrá 63 años y probablemente ya estará retirado de la política activa. Mientras tanto, un grupo de doce españoles, –también conocidos como Tribunal Constitucional–, continuaran reuniéndose en un despacho de Madrid para convertir en humo las decisiones soberanas del pueblo vasco y de su Parlamento.

IkurriñaAnte este panorama, es comprensible que la izquierda abertzale se muestre reticente a la estrategia de Juan José Ibarretxe; una estrategia que, en el mejor de los casos, se prevé tan lenta como incierta. Cabe decir, sin embargo, que no es necesario ser de izquierdas para mostrarse reticente. Basta con ser vascocéntrico. Una persona vascocéntrica no anhela que su país sea libre en el año 3.000, una persona vascocéntrica quiere ser contemporánea de esa libertad. La quiere vivir, la quiere disfrutar, la quiere saborear día a día ahora mismo, con las mismas ventajas e inconvenientes con que afronta el reto cotidiano de su libertad individual. Por ello es normal que se exaspere ante la confirmación de aquello que ya preveía. Más que nada porqué hay momentos en la vida que requieren audacia, especialmente aquellos en los que está en juego la libertad individual o colectiva. Prohibir un referéndum en un Estado que se precia de ser democrático es de una gravedad extrema, ya que supone la criminalización del derecho a preguntar. Y sólo aquél que teme el pensamiento de los demás es capaz de criminalizar ese derecho, que es justo lo que hace España: criminaliza la consulta para que la respuesta, que prevé contraria a sus intereses, no sea tenida en cuenta por las instancias internacionales. Si no hay pregunta, no hay respuesta, y si no hay respuesta todo continua igual. El amo también prohíbe que los esclavos se pregunten si quieren ser libres. Es un criminal el esclavo que pregunta y lo es también el esclavo que responde. El amo, por lo tanto, puede dormir tranquilo. Por eso estaría bien que Ibarretxe se planteara ir más allá a fin de poner en jaque al gobierno español. No hay ninguna otra manera de hacer que el mundo avance que infringiendo las leyes que son injustas, y, para hacerlo, hay que estar dispuesto a llegar hasta el final. Y eso significa fijar una fecha, invitar a observadores internacionales y dejar pacíficamente que España se ponga en evidencia interponiendo la fuerza a las urnas. Se trata, en suma, de usar la fuerza española en beneficio propio por medio de unas imágenes que darán la vuelta al mundo. Todo lo demás es un derroche inútil de energía y de tiempo, y el tiempo siempre juega a favor de España.

Otra cosa es el rédito electoral que el rechazo español a la propuesta de Ibarretxe pueda dar al PNV y que probablemente ha sido estudiado a fondo, pero me pregunto si ganar unas elecciones cada cuatro años y continuar como hasta ahora es la aspiración de un vasco consciente de sus derechos. Yo, a esta situación de callejón sin salida, sólo le veo un aspecto positivo, y es que se convierta en un revulsivo que empuje a los vascos a darse cuenta de que dentro del Estado español nunca serán nada ni nadie. El futuro de Euskal Herria, su único futuro, si verdaderamente desea tenerlo, se encuentra al otro lado de los muros de la prisión constitucional española. Es decir, fuera de España.

e-notícies , 21/9/2008 y 25/9/2008 (català)
Berria , 21/9/2008 (euskara)
Nabarralde , 22/9/2008 (español)
 
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