El declive del regionalismo catalán
Artículos
per Víctor Alexandre   
diumenge, 14 març 2004
El declive del regionalismo catalánEn los Países Catalanes hay gente que se hace a menudo estas preguntas: “¿Cómo es posible que seamos la única comunidad lingüística de Europa con más de siete millones de hablantes que no ha sido capaz de constituirse en nación independiente? ¿Cómo es posible que después de tres siglos de sometimiento a otro país no hayamos desarrollado un movimiento de emancipación nacional?”. Si lo pensamos bien, la sola formulación de estas preguntas ya debería avergonzarnos. Para impedirlo, sin embargo, para evitar enfrentarnos con nuestras propias contradicciones, Convergència i Unió elaboró, cuando gobernaba, una respuesta tranquilizadora: “Somos los que estamos mejor de los que están peor.” Quería decir: “Somos la nación sin Estado más importante de Europa, somos la nación sin Estado mejor situada geográficamente, somos la nación sin Estado con la lengua más hablada...” Con frases como éstas, CiU ha adormecido Cataluña por espacio de un cuarto de siglo. Y así habríamos llegado al 2030 si el pasado 16 de noviembre la sociedad catalana no se hubiese despertado restándole diez escaños y propiciando el aumento espectacular de Esquerra Republicana.

El error de CiU ha sido pensar que la somnolencia de Cataluña era tan vitalicia como su estancia en la Generalitat. Jamás le pasó por la cabeza que nadie duerme eternamente salvo que esté muerto, ni que el franquismo se reencarnaría en forma de partido político. Por eso aun no ha comprendido que su marginalidad de hoy proviene de su prepotencia de ayer, la misma prepotencia que la llevó a subestimar dos capacidades: la del franquismo para poner la democracia al servicio de sus objetivos y la de Cataluña para tomar conciencia de sus derechos nacionales.

Por suerte, la historia es un proceso dinámico. Hay toda una generación de catalanes que no había conocido ningún otro presidente que Jordi Pujol hasta la llegada de Pasqual Maragall. Para esos jóvenes –y para una buena parte de sus padres y abuelos-, las palabras “presidente” y “Pujol” han sido sinónimos durante casi 25 años. De repente, sin embargo, Pujol se desvanece y esos 25 años se transforman en un sueño que ya sólo cobrará vida en las hemerotecas y en los libros de historia. A algunas personas mayores eso les parece triste, a los más jóvenes les parece lógico. Así es como Pujol, un hombre que confundió su país consigo mismo, ha dejado de ser omnipresente para convertirse en un recuerdo. De hecho, su decadencia es la decadencia de Convergència i Unió. Podría haberse ido con un golpe de efecto, consiguiendo algo importante para Cataluña, pero lo ha hecho por la puerta de servicio y después de haber sido durante ocho años el felpudo del Partido Popular. Cataluña no se lo ha perdonado, y aun le perdonará menos que sea precisamente el nacionalismo español el que más le añore.  

Con Pujol, por otra parte, no es posible hacer un paralelismo entre los trenes y la historia, porque él ha sido tren y vía muerta a la vez. Su mérito ha consistido en reducir la velocidad al máximo imprescindible para poder mantener la sensación de movimiento. Así, convencidos de que avanzábamos hacia los grandes horizontes, los catalanes hemos tardado un cuarto de siglo en llegar a ninguna parte. Esa es la razón por la cual hoy hay un partido independentista en el gobierno catalán con claras opciones de ejercer en solitario a partir del 2007, porque es la única fuerza política que garantiza un ancho de vía europeo. Se comprende, por lo tanto, el nerviosismo del nacionalismo español y el nerviosismo del regionalismo catalán. El primero, por boca de Mariano Rajoy, apela al “voto de los españoles” para frenar “la amenaza” de Esquerra Republicana, el segundo, por boca de Josep Antoni Duran i Lleida, denigra a Carod-Rovira para extirparle de la política. Ambos, Rajoy y Duran i Lleida, persiguen lo mismo: un laborioso pueblo catalán subordinado al poder de Madrid y orgulloso de ofrecer a España el rojo de la barretina y el amarillo de la crema catalana.

De todos modos, para hacerse una idea del grado de españolización a que ha llegado el resto de partidos políticos catalanes, basta con observar su enfado ante el encuentro de Carod con ETA. Ninguno de ellos ha sido impermeable a la opinión española. Cosa que es una lástima, porque pocas veces tendrán una oportunidad tan diafana -sobretodo CiU- de demostrar que dicen la verdad cuando hablan de “nación catalana”. Y es que en la vida de los pueblos pasa exactamente lo mismo que en la vida de las personas: así como esperamos que, llegado el día, aquellos que afirman ser nuestros amigos demuestren que lo son, también se espera una actuación consecuente de los pueblos que se autodefinen como nación. Por eso la satanización política y el linchamiento moral a que se ha visto sometido Carod-Rovira por parte de sus propios compatriotas demuestra no tan sólo el alma de esclavos que éstos albergan en su interior, sino la razón por la cual Cataluña no es todavía una nación independiente.

Las cosas están cambiando, sin embargo. Carod-Rovira dijo el otro día que el reloj de la independencia ha iniciado la cuenta atrás, y tiene razón. A partir de ahora ya nada será como antes. Ni en Cataluña ni en el País Vasco, el único país, por cierto, que ha apoyado la acción de Carod. No lo será porque el futuro de un país reside en su gente joven, y los jóvenes catalanes, muchos de los cuales no tienen todavía edad de votar, no admiten para Cataluña ninguna otra forma de articulación política que no sea la de un Estado plenamente soberano integrado en la Unión Europea. Convergència i Unió se niega a admitirlo, y esa es justamente la causa de su declive: no apercibirse de que el regionalismo no languidece por razones coyunturales sino biológicas. Siempre pensó que nada favorecía tanto el inmovilismo como la autocomplacencia y ahora descubre con amargura que su vida depende únicamente de una mayoría relativa del PP.

Berria , 14/3/2004 (euskara)
Nabarralde , 15/3/2004 (español)
victoralexandre.cat , 15/3/2004 (catalán)