La decadencia de Cataluña
per Víctor Alexandre   
dilluns, 29 desembre 2008
Antígona, de Jordi CocaEs duro tener que reconocerlo, pero es cierto: Cataluña se encuentra en franca decadencia. Políticamente maniatada, económicamente ahogada y culturalmente minorizada, Cataluña es hoy una nación pirandelliana en busca de un autor que se haga cargo del naufragio existencial que padece. Hemos llegado a un punto en que ya no sabemos quienes somos, y quien no tiene conciencia de su identidad tampoco tiene conciencia de sus derechos. Nos hemos creído que había sabiduría en nuestro viejo refrán según el cual "qui dia passa any empeny" (mañana será otro día), pero sólo hay individualismo y desistimiento de responsabilidades. Ya lo decía el etnólogo Josep M. Batista i Roca que los catalanes somos egoístas, con ideales caseros y carentes de espíritu de mando. Se diría que es tan poca la fe que tenemos en nosotros mismos y tan grande el miedo a perder la parcela de bienestar material de que disfrutamos que el más mínimo gesto de afirmación, por parte de uno de los nuestros, nos parece una reprobable provocación. Por eso nos pasa desapercibida la candidez letal que supone hacer un axioma del clásico "ir tirando" cuando se es cautivo. No nos damos cuenta de que un cautivo sin más horizonte que la cuenta indolente de los días es cada día más cautivo. Y Cataluña es un pueblo cautivo. Pero no de España –nadie es cautivo de nadie mientras mantiene nítida la conciencia de su yo–, sino de sí misma.

Cataluña, como la Tebas bajo el reinado de Creonte en Antígona, está atenazada por el miedo y el miedo la hace vulnerable y sumisa. Aquí, como allí, también el poder compra el silencio de los pensadores agradecidos y los empuja a hacer-nos creer que la conformidad, la mansedumbre y la resignación son valores genuinamente catalanes que hay que preservar. Aquí, como allí, sobresalen los Tiresias, paradigma de intelectual prestigioso vencido por la cobardía, y también se prodigan las Ismenes, modelo de ciudadana temerosa y obediente. El primero, que podría ejercer su influencia contra la opresión, termina por inhibirse, y la segunda, que podría rebelarse, pide prudencia, comedimiento y moderación. "Supliquemos", dice Ismene, "busquemos el camino que nos sea más llano". Ismene, como muchos catalanes, cree que hay que hacer pedagogía en casa del tirano, cree que hay que explicarse ante él para que las buenas palabras le ablanden la actitud como el jarabe ablanda la garganta. Dice que ama Antígona, sí, pero la abandona, y con su prudencia se convierte en traidora. No quiere escuchar a su hermana cuando le dice: "¿Que no ves los ojos atemorizados de los que le son más próximos? Si suplicas ante él le harás todavía más duro, más fuerte, y le regalas la ocasión de mostrar a la ciudad que él, Creonte, no se detiene ante nada ni nadie. Quiere demostrar su poder ante nosotros, quiere que seamos dóciles como los perros que acaricia cuando le apetece. Si tu y yo callamos, callará todo el mundo".

Exquisita, esta Antígona de Jordi Coca que, poco antes de morir, se dirige a Tiresias y le reprocha: "Tú también has callado bien pronto. [...] ¿Qué te pasa, también tienes miedo? [...] Los que nos podríais ayudar, enseguida os volvéis pequeños y cobardes. Sólo nos dices que no hay cambio posible porque las cosas son como son... ¡Cuanta mentira hay en lo que dices y en lo que callas...!" Y concluye: "Ahora él [Creonte] cree que es la ciudad. Y tú te crees un hombre sabio porque delante de él mides más de lo necesario tu lengua... Me mata su decreto, y me matas tú callando". Pues sí, Cataluña es rica en Tiresias y pobre en Antígonas porque los gestores del día a día –aquellos a quienes Lluís Llach pedía que no abaratasen el sueño- han invertido la dignidad de arriba abajo hasta a hacer de ella un defecto. En sus manos, la dignidad se ha convertido en una patología propia de dementes. Pero la decadencia de Cataluña es en parte obra suya, porque son ellos quienes con su silencio, con su miedo revestido de prudencia y con su claudicación disfrazada de realismo, han dejado este país en vía muerta. "Nos dirán que hace falta esperar", cantaba Llach en 1978 sin sospechar que algunos de aquellos compañeros que le aplaudían harían de esta espera una profesión. Y es irónico, aunque triste, que treinta años después todavía sea necesario cantar "no es esto, compañeros, no es esto" y denunciar "el comercio que se hace con nuestros derechos, derechos que son, que no hacen ni deshacen, nuevos barrotes bajo forma de leyes".

Hay que ser muy insensible para no apercibirse de la decadencia de Cataluña. Basta con ver la progresiva degradación de la lengua catalana que los medios de comunicación públicos y buena parte de los privados, con la connivencia de algunos filólogos, están convirtiendo en una jerga llamada catañol. Así, casi sin darnos cuenta, deberemos admitir que la lengua catalana, como toda energía, no habrá desaparecido sino que se habrá transformado: se habrá transformado en un dialecto del español. Pero la decadencia de Cataluña no es sólo lingüística. Nuestra decadencia es también política, económica y social. La poca política catalana que teníamos se ha transformado en política española, nuestra renta continua cayendo espectacularmente hasta situarse por detrás de Melilla y nuestras infraestructuras están obsoletas por culpa del expolio fiscal. Y lo peor de todo es el efecto psicológico que este estado de cosas tiene sobre nosotros. Hay un gran sentimiento de frustración y la gente mira desconcertada a su alrededor preguntándose dónde están los líderes que iban a devolver la dignidad a esta vieja nación de Europa. Pero no hay líderes. Antígona, al menos, se enfrentaba a Creonte y le decía: "Te acuso de hacer de esta ciudad una ciudad muerta, sin voz ni voluntad". Cataluña, en cambio, no puede acusar a nadie porque los Creontes que la dominan son más astutos que el Creonte de Sófocles.

No obstante, yo soy optimista y coincido con el historiador Jaume Vicens i Vives cuando decía que la vida de Cataluña es un acto de afirmación continuada y que su móvil es la voluntad de ser. Ya sé que el desconcierto actual parece contradecir esta aseveración, pero hay que entender que el país se encuentra inmerso en un proceso de maduración política y la confusión que lo acompaña es una parte. Después, por suerte, ya no habrá camino de retorno y de nuestra subordinación a España sólo quedará un triste recuerdo. Convendría, por lo tanto, que no perdiésemos de vista a la gente joven felizmente liberada del miedo patológico de sus progenitores, ya que será ella quien nos enseñará que la única manera de cambiar una realidad adversa es imaginando otra mejor. Antígona muere, sí, pero es un joven quien intenta salvarla, y su presencia simboliza la esperanza. Así lo expresa ella a Creonte cuando le dice: "El hombre también muere cuando deja de ser hombre y hace que todo dependa del miedo. [...] Te he desobedecido, me he plantado ante tu edicto [...] y te lo digo aquí, ante este joven ahora silencioso que vivirá más que tú y que yo, para que la memoria de lo que ahora hablamos dure más que nosotros".

Pues bien, si queremos que este proceso de maduración sea rápido, debemos hacer que el mensaje de nuestros medios de comunicación sea abiertamente catalanocéntrico (o vascocéntrico en Euskal Herria). Avanzaremos cuando comprendamos que el secreto de nuestra libertad se encuentra en el mensaje, porque el mensaje incide en el pensamiento, el pensamiento incide en la acción y la acción incide en la historia.

Lletres , núm. 36, desembre-2008/gener-2009 (català)
Berria , 21/11/2008 (euskara)
Nabarralde , 21/11/2008 (español)